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Mapa de nuestra situación. Fuente: METRODIARIO

Nada más llegar a los camarotes los pasajeros encontramos siempre un montón de papeles (son intentos de encasquetarnos algo caro, excursiones, medirte la pisada del pie o gafas de sol, todo vale), además del diario de a bordo en el que te explican lo que va a pasar al día siguiente, las actividades que hay cada hora, la etiqueta de la cena, los sitios donde puedes escuchar música y de qué tipo, y una descripción del siguiente puerto a visitar.

Información prescindible. Pero esta vez, en la montaña de papeles, había uno que llamaba la atención sobre los demás precisamente por eso: por no querer llamar la atención. Entre las decenas de hojas llenas de fotos y colores, el aire discreto y desapercibido de esta, más triste que una notificación de Hacienda, todo texto, gris, ni una negrita que llevarse uno a la boca, hacía que te fijaras irremediablemente en él. En ese papel decía más o menos que íbamos a pasar por una zona peligrosa de bandidaje, el Golfo de Adén, que igual nos abordaban unos piratas, y que no iba a pasar nada, que tranquilos…

PERO

Por si acaso estaban coordinados con la policía de la zona y su tripulación preparada en cuestiones de seguridad máxima, aunque no era necesario porque, por supuesto,estábamos a salvo

PERO

que había un código de salvamento, que cerráramos cortinas y apagáramos luces desde el atardecer al anochecer y si nos pesaban las bragas era porque ya nos estábamos haciendo

CAQUITA.

Desde hace un par de días, cada atardecer cerramos cortinas y apagamos luces. La primera noche dormimos mal, sobre todo después del simulacro de salvamento, donde descubrimos que los encargados de nuestra seguridad en el teatro eran los chicos del cuerpo ¿de bomberos? No, de baile. Muy fornidos, muy sensibles.

Ahora estamos atravesando el estrecho de Bab-el-Mandebe, un punto caliente de pirateo al sur del Mar Rojo.