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Mucho podríamos decir de lo que está siendo nuestro viaje a Marruecos. Mucho que sin embargo será siempre poco en comparación con lo que vivimos, vemos y olemos (los que tenemos ese sentido vigente) cada minuto que pasamos aquí.
No podemos transmitir la especial sensación del paso del tiempo, la de escuchar la llamada a la oración al amanecer (nosotros también decimos una oración cada vez que la oímos, a eso las seis de la mañana, y empieza por mecagoen…!), o la mirada que se clava detrás de un velo, o el subidón después de un buen regateo, y tampoco podemos transmitir, es imposible, la sensación de miedo, estupor y frustración que sentimos la primera vez que se perdió (sí, otra vez) Quina.

 

Fue el segundo día por la tarde. Un despiste haciendo las fotos, el ruido del alrededor, el barullo interminable de la plaza, te das la vuelta un momento… y Quina había desaparecido, como engullida entre la multitud. Quizás para siempre.
Después del impacto, empezamos a buscarla alrededor de cada zócalo, gritamos su nombre hasta quedar afónicos, rastreamos decenas de bazares, interrogamos a las paredes, y también a sus amigos los zapateros remendones, increpamos a inútiles policías… Nada.
No se puede, no, transmitir la sensación de derrota de una pérdida. Ni la confusión del momento en que, a lo lejos, entre una multitud jaleante, en medio de la plaza, la encontramos… ¿herida? ¿perdida? ¿desorientada?… ¿asustada quizás? Nooooo…
Se había integrado en un grupo de músicos bereberes que, por alguna extraña razón, la llamaban Fátima y creían que ella también venía de los altos africanos. E intentaba darnos esquinazo.
Como es imposible transmitir la sensación, dejamos las imágenes para el recuerdo.