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Entre Buda y Buda, Barbie

70 kilómetros al norte de Chiang Mai hay unas cuevas con leyenda incorporada.

Estatuas de monjes venerados por los budistas, en plan Beatles.

Se llaman Chiang Dao y son cuatro y, según cuentan, en ellas vivió durante mil años un ermitaño que convenció a los tair wad ah (el equivalente budista de los ángeles) para crear allí dentro siete maravillas mágicas, aunque solo nos enteramos de seis: su propia tumba, una corriente que fluyera desde el pedestal de un Buda de oro macizo, un almacén de telas divinas, un lago místico, una ciudad de nagás (seres o semidioses inferiores con forma de serpiente) y un elefante inmortal. 

Tales prodigios se dice que están en lo más profundo de la montaña Doi Chiang Dao, en la que las cuevas se adentran y llegan hasta los dos mil metros de altura. Muchos monjes y visitantes también aseguran haber visto al espíritu del ermitaño, vagando por los túneles oscuros, aunque esto puede que se deba al exceso de aspiración de incienso más que a otra cosa.
Da igual. Las cuevas Chiang Dao son surrealistas por méritos propios. Por dentro están hechas de piedra caliza y cristal, y estalactitas y estalagmitas que parecen talladas por la mano del hombre y reflejan caras, bocas de cocodrilos y diferentes partes del cuerpo humano, a poco que uno le eche imaginación.
Como en Tailandia se consideran las cuevas lugares sagrados de meditación, allí nos encontramos con varios santuarios que parecían la parte cutre del Rastro (o cualquiera de ellas), llenos de ofrendas entre espirituales, caducadas y friquis: telas, flores, inciensos, comida, fantas de fresa y Barbies.
Barbie Malibú intentando la postura del loto (sin éxito).
Un estanque de carpas, estatuas rememorando la historia del ermitaño y una máquina tragamonedas donde se dejan las limosnas le dan un toque encantador a la entrada.

 

Al día siguiente hicimos la gracia de conducir el tuctuc por la derecha, aunque no le hizo gracia a nadie más…
…y volvimos a Bangkok de madrugada en un bus que tenía de todo: televisores individuales donde podías elegir juegos, canciones o películas de Bruce Lee en tai, asientos con masajes que se reclinaban hasta casi darse la vuelta, catering, aire acondicionado… ah, y las clásicas cucarachas voladoras que te van despertando toda la noche porque chocan contra las ventanillas y rebotan en tu cara. Una. Otra. Y otra vez.