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Estamos en Rabat, la cuarta ciudad imperial de Marruecos (las otras tres son Marrakech, Fez y Meknes) y su capital desde 1912. Mañana volvemos a Madrid y dos palabras marcan el ritmo de nuestro estado de ánimo: puñetera congoja.
Rabat es un nuevo mundo, y lo saboreamos como si fueran las últimas migajas de una golosina exquisitísima: con tristeza, con fruición y con la conciencia de que el viaje, dita sea, termina en esta parada.

Empezamos a descubrir la ciudad paseando por sus famosos jardines,

visitando sus monumentos más significativos,

montándonos en su tranvía,

acercándonos al río… ¡un momento! ¿qué eran esas edificaciones que se desdibujaban más allá del río?

Y fuimos corriendo a preguntar al recepcionista del hotel, que para algo somos unos ignorantes, qué sucedía en la otra orilla. Sólo por curiosidad. Es Salé, nos dijo y, abriendo mucho los ojos, añadió: pero a Salé no podéis ir, no, de ninguna manera…
Entonces, como cualquier ser humano con problemas mentales que se precie, quisimos ir a Salé más que nunca, más que nada en el mundo, mientras el de recepción, empecinado, seguía con la cantinela: no hay cosas que ver, es territorio islamista, no hay tiendas para occidentales pero sí una cárcel donde no se respetan los derechos humanos, no hay nadie que sepa tu idioma, no es bonito, no es feo, no es

¡¡¡¡Taxiiiii!!!! ¡A Salé! Veinte minutos después estábamos allí.

El recepcionista tenía razón en parte: no hay bazar, ni regateo, ni turistas, ni pedigüeños al uso en este pueblo, antiguo refugio de piratas. Y sí una cárcel donde parece que no se comen a besos a la gente. Pero Salé nos conquistó por otras razones…
Todo allí es ajeno a cualquier moda, como un siglo diez encajado en el veintiuno sin grandes conflictos. Todo nos embelesó: la paz del momento, el mar, la luz, su gente, su sencillez, su mezquita, su autenticidad,

 

las murallas, los arcos,
una preciosa madrasa de 1333,
el cementerio con vistas al océano…
y un mercado donde puedes comprar troncos recién cortados, kaftanes de todos los colores, piedras preciosas a granel, frutas picadas por los pájaros, panes acabados de sacar de un horno de barro…
…o elegir al animal que más te guste para que ipso facto te lo degüellen y pesen (en una balanza de las de antes) y te lo lleves caliente (y sangrante) a casa.
 

Por eso, y porque Guille se hizo íntimo de una cabra llamada Revoltosa, nunca olvidaremos Salé.