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A principios del siglo XVI, un viajero persa, Abdur Razzak, escribió sobre Hampi, capital de uno de los mayores imperios de la antigua India, el  Vijayanagara: “la ciudad es de tal modo grandiosa que mis ojos nunca han visto nada parecido y no tengo conocimiento de que exista en el mundo lugar como éste”.
Pues bien, estamos aquí, en un Hampi ya ruinoso y devastado, y nuestros ojos tampoco vieron antes nada igual, no solo hipnotizados por los restos de un pasado grandioso, también por la gente…
…y los caprichos de la naturaleza.
Miles de años de historia, y millones de erosión y actividad volcánica han dejado enormes rocas grises que contrastan con verdes palmerales, campos de arroz y plataneras, animales y saris de todos los colores. Y un cielo de azul Simpsons.
El ambiente se vuelve más irreal a poco que caminamos y mandalas de tiza a pie de puerta, bueyes estampados de rosa y pintorescos sadhúes nos salen al paso.
Sadhúes por un tubo, esos ascetas hindúes que, en un momento de sus vidas, renuncian a todos los apegos materiales, ropa incluida, y deciden echarse a los caminos y dedicarse a la penitencia y la austeridad como parte de su proceso espiritual hacia la iluminación.
Muchos van vestidos color azafrán y otros completamente desnudos o solo cubiertos con las cenizas sagradas del fuego (aunque no los vimos en esta ocasión, nuestros preferidos son los falsos sadhúes, en realidad mendigos disfrazados y pintarrajeados que piden dinero a los turistas a cambio de fotos).
Parece que van fumados, y puede que lo estén, porque Hampi, paraíso de viajeros y deleite de peregrinos, es una ciudad ultrasagrada donde no está permitida la carne ni el alcohol, pero sí las hierbas alucinógenas, por eso de poner la mente en un estado de conciencia etérea.
Lo peor de esta aventura, para nosotros, fueron los niños, que no paraban de pedirnos chocolatinas y que les hiciéramos fotos con un gorro que compramos en Bangkok y que a todos fascinaba (puñetero, que la tarjeta solo tiene 4 gigas, les hubiéramos dicho si nos entendieran) y, maldita sea, que ni aquí hemos podido librarnos de la típica (atípica en este caso) procesión semanasantera (ésta hindú, encabezada por un paquidermo del que dicen que, además de elefanta, es la reencarnación de la diosa Lakshmi).
Devotos en procesión
Carro con deidades a la entrada del templo Virupaksha, en el Centro Sagrado de Hampi.

El pueblo está formado por el Centro Sagrado y el Centro Real y la lista de templos, palacios, esculturas y maravillas que contiene es interminable. El tuctuc que nos llevaba se averió y el conductor lo llevó todo el camino empujándolo desde otro tuctuc con el pie. Estos tíos son de acero. Íbamos tan despacio que disfrutamos del paisaje más que nunca.

Mujer lavando ropa en uno de los ghats del río Tungabhadra.
Para compensar la mala suerte, como era 18 de abril, día Internacional de los Monumentos y Sitios, no tuvimos que pagar entradas  (que en la India  tienen un precio equiparable a Europa) en ninguno de ellos.
Estanque sagrado. Al fondo, el templo Virupaksha, en el centro del pueblo.
Quien consiga rodear con sus manos el círculo de piedra del templo Virupaksha (arriba) logra la paz mental. Nosotros no pudimos. Y el sadhú de la foto de abajo tampoco.
Lo que más nos impresionó fue el complejo del templo Vithala, que tiene un carro de piedra gigante con ruedas de piedra giratorias, pilares monolíticos y 56 columnas musicales construidas de forma que, al golpearlas, cada una produce una nota musical diferente.
Complejo del templo Vithala, solo por verlo merecieron la pena las 12 horas  por carretera desde Goa.
Hanuman, nuestro dios cachas favorito.
Templo del Loto

El Lotus Mahal, construido con unas formas geométricas que garantizaran un clima perfecto dentro de los aposentos de la reina durante todo el año, los establos de los elefantes, Pushkarini, el Mahanavami Dibba, el Palacio del Noble… solo son algunas de las cientos de imágenes inolvidables que Hampi nos regaló.

 

 

La precisión geométrica se ve en los detalles del Templo del Loto.
Antiguos establos de los elefantes. Estos animales ganaban las batallas en el siglo 14.
Los establos están comunicados entre sí por pequeñas aberturas en la piedra.
Los hindúes son picantes hasta en sus templos.


 

 


Negociante sin remedio.
Huyendo de una jauría de niños hambrientos de fotos.
Cuando Hampi acabó con nosotros, cogimos dos trenes para llegar a un sitio especial: la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur.