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Siempre nos pasa. Cuando viajamos encontramos a otras personas que nos cuentan lo que más han disfrutado de su viaje o aquello que han visto y que nunca uno debería perderse. Son esos momentos muy incómodos en que nos damos cuenta de que hemos elegido mal, entretenidos en lo intrascendente, fascinados por las cosas chorras… Entonces miramos envidiosos, miramos al suelo, nos miramos de reojo, miramos a un lado y a otro y, al final, nos retiramos avergonzados, porque se nos ha olvidado rezar en aquel templo único, beber en los garitos de moda o escalar esa montaña mágica de la que hablan todas las guías.
Pero en Tailandia quisimos que fuera diferente y, antes de salir de Madrid, elaboramos una concienzuda guía de viaje apuntando en una servilleta los imprescindibles, aunque no nos acordamos de ella hasta ayer, cuando volvimos a Bangkok y apareció, hecha un gurruño, en la bolsa de la ropa sucia (sí, ya se nos terminó la limpia). Allí estaban, escritos con rotulador verde en letras bien grandes, estos dos nombres: Wat Arun y Patpong.
Empezamos con Wat Arun, el templo del amanecer.
Para llegar, tuvimos que coger un barquito en el que, según se acercaba, más intensos nos poníamos con la contemplación.
Una torre central, rodeada de otras cuatro más pequeñas, rascaba las nubes. Como por la espina dorsal del cielo, por ella bajaban y subían turistas y peregrinos rojos de calor y desencajados de sobresfuerzo. Parecerían hormigas, si no fuera porque a las hormigas no se les nota el miedo. Con ahínco, conseguimos el sudor chorreoso por la cara, imprescindible para convertimos en dos de ellos.
Los escalones tienen tanto desnivel que subirlos es como trepar sin arnés (y bajarlos ni te cuento) aunque, al llegar al final, merece la pena contemplar la ciudad desde lo alto (eso dicen, nosotros nos quedamos a mitad de camino).
Este templo es diferente a los otros tailandeses, porque está inspirado en la cultura Khmer de Camboya. La torre más alta mide 82 metros y simboliza al monte Meru, una cadena montañosa mitológica sagrada para las religiones budista e hinduista, y las pequeñas están dedicadas al dios del viento.
Decorado con conchas y porcelanas que los comerciantes chinos utilizaban como lastre para sus barcos mercantes que atracaban en el antiguo reino de Siam, el templo fue fundado a mediados del siglo XVII y remodelado por el rey Taksin, anterior a la actual dinastía reinante.

Estamos agotados. Dormiremos una siestecilla y esta noche saldremos hacia el otro lugar apuntado en la servilleta: Patpong, donde nos han dicho que se juegan unos campeonatos de ping-pong inolvidables.