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Los últimos días en Bombay nos entregamos a la contemplación y mucho más. A jugar al cricket en el parque Oval Maidan,
ver la puesta de sol en el mar de Arabia
o hacer fotos a todo lo que nos llamaba la atención, que era todo…
los escalofriantes estampados-moqueta que recubren paredes, techos y suelos de los taxis…
El centelleo del nuevo mundo…
Las manifestaciones de afecto entre hombres, las únicas bien vistas en público…
Las calesas horteras y los vendedores de globos gigantes que se ponen en la Puerta de la India…
Otra cosa que hicimos fue volver al cine (y comprobamos lo mucho que está cambiando la India porque los actores ¡ya se besan!) y NO visitar la sinagoga azul Keneseth Eliyahoo, custodiada por tanques. No nos dejaron pasar porque, aparte de que Guille hizo su típica broma de la bomba en la mochila, para entrar es requisito tener (y enseñar) pasaporte y no lo llevábamos encima. Ni que aquello fuera Jerusalén.
Aunque pasear entre cuervos tiene su aquél, cuando le estábamos cogiendo el punto llegó el sábado y ya nos tocaba cambiar de ciudad. Aurangabad fue el destino elegido. Ni nosotros mismos sabemos muy bien por qué. Como esta semana empiezan las vacaciones escolares, no hay plazas de tren para ningún otro sitio.
La alegría de las vacaciones por delante.
En la estación éramos los únicos occidentales, así que nos sentamos en plan tímido en un bordillo, como tantas veces, y a los dos minutos estábamos rodeados de diez o doce indios (o eso parecían) preguntándonos cualquier cosa. Ser el centro de atención para los desconocidos nos encanta porque puedes hacerte el especial sin que nadie sospeche lo pringado que, en realidad, has sido toda tu vida.
Lulú, c’est moi?

Por eso, cada vez que nos piden fotos, sonrisas o meten el bigotillo en nuestras mochilas para cotillear qué llevamos dentro nos sentimos las personas más felices del mundo.
En esta ocasión repartimos encanto a quien lo quiso recibir y, lo que es el karma, en el grupito de cotillas había un señor sonriente que se empeñó más que los demás en hablar con nosotros, en contarnos sus viajes, en preguntarnos por los nuestros, en aconsejarnos y, especialmente, en darnos su tarjeta que, por los nervios, no encontraba.

Quedaban dos minutos para que arrancara el tren y le intentamos explicar que en tema de trenes tenemos mala suerte y él, erre que erre,  que tarjeta para arriba y para abajo, venga a revolver, sacó hasta unos calcetines del maletín buscándola.
Después de ver los calcetines, enganchamos las mochilas y pusimos cara de adiós. Namasté, namasté, dijimos, subiendo al tren, pero el tío, que no se rendía, echó a correr detrás y nos encasquetó in extremis el cacho de papel con sus datos.
Allí estaba, en Calibri, negrita y cursiva, incontestable e increíble: Ynayat H. Sheikh, DIRECTOR IN BOLLYWOOD ENTERTAINMENT’S. A decir verdad solo entendemos las palabras «director» y «Bollywood» ¡pero no nos hace falta más! Volvemos a Bombay en cuatro semanas y ya estamos ensayando. Chúpate ésa, destino.

One Reply to “Karma chicha”

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