La vergüenza ajena de la gente fina de Asia

Cuando el calor se te mete en el tuétano, cuando piensas en agenciarte cuchillo y tenedor porque solo troceándolo se podría respirar este aire sólido y descubres que existe la vida más allá del oxígeno, entonces… va y llueve.

 

 

Nada de chispear, sino una lluvia a chorros, de las que alegra el día y te empapa desde todas las direcciones porque cubre hasta los tobillos. Y subiendo.
Eco-friendlies a más no poder, aprovechamos para ducharnos y, como somos más de recargar mochilas que pilas,  plantarnos en un mercadillo al norte de la ciudad del que habíamos oído hablar: Chatuchak.
Después de estar allí, usar diminutivos es, como poco, irónico, para nombrar a este espacio de 2.950.000 metros cuadrados donde no tienes que plantearte qué fue primero, huevo o gallina, porque allí los tienes a los dos a un precio insultantemente barato. Y más cosas, como cucarachas, oro, zapatos de puzle, sopas de fideos y perros y huevos y pescados de todos los colores. Vimos espectáculos variados, desde una representación de la danza típica tailandesa khon hasta españoles arrastrando coloridos maletones (reconocibles porque son los únicos a quienes se les entiende cuando hablan inglés).

 

Cholas, una nueva esperanza.

 

Postura del nirvanapensamiento

 

 

Nos impresionamos y, como era de esperar, nos perdimos. El uno del otro. Aunque… por un pálpito nos reencontramos en el lugar en el que los dos sospechábamos que, en algún momento, tendríamos que cruzar nuestros caminos: el puesto de la paella.
Guille, en un cruce de culturas
Habían pasado cinco horas y ya era de noche, así que cenamos y luego, más de pueblo que nunca, nos fuimos a Chiang Mai, a ver a las mujeres jirafa en una guagua/bus en la que habíamos reservado asientos VIP, recordando viejos tiempos (Quina y Agadir saben de lo que hablamos). Casi igual que en aquella ocasión, disfrutamos en este trayecto de lujos como sillones con masaje, comida a bordo y, en plan Malaysia Airlines, dos conductores que parecían pilotos y unas señoras vestidas como auxiliares de vuelo atentas a todas nuestras necesidades.

Las diez horas del viaje nos permitieron hacernos un nombre entre la gente fina de Asia. Además de dormir, cenar, desayunar y echamos unas partidas de julepe y, finalmente, desencajarnos al darnos cuenta de que teníamos el cuerpo lleno de pequeñísimas ronchas. En nuestros todavía más pequeñísimos cerebelos empezaron a resonar las palabras del médico cuando le preguntamos acerca de tomar antibióticos para prevenir la malaria: “Si no llueve, no hay peligro”. Si no llueve, si no llueve… y había caído la del pulpo.
¿Era aquello malaria? ¿Reacción a la comida callejera de la que tan buena cuenta estábamos dando? ¿Alergia a la comodidad de dormir en un lugar sin ratas? Entonces, rayando el histerismo, en mitad de la noche y camino de Chiang Mai, gritamos.


El autobús paró en seco. El japonés del asiento de al lado dejó de roncar, las vietnamitas de delante se giraron y la tripulación al completo se acercó a emitir un diagnóstico. Nos miraron, se miraron y dijeron esto: “fleas”. O sea: “pulgas”. Las habíamos cogido en el mercado de Chatuchak, entre perros y pájaros exóticos. Y el resto del viaje fuimos la vergüenza ajena de la gente fina de Asia.

 

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