Cuando veo Ouarzazate desde el avión me acuerdo de Fuerteventura y de la separación de continentes. Son paisajes idénticos. Tierra como sustantivo y adjetivo: tierra tierra. Árida y ocre, quemada por siglos, al gusto de poetas o de autóctonos. El edén es otra cosa, quizás verde, con un manantial de agua limpia en cascada, mariposas quizás. Esto no. Por cierto, ya no hay que rellenar en Marruecos los papelitos blancos en los controles de pasaportes. Desde hace tres semanas.

 Ouarzazate, cruce de caminos entre Marrakech, el valle del Draa, las gargantas de Dades, Todra, los oasis de Tafilalet,  y el camino hacia el desierto de Zagora, es un lugar de paso para muchísimos viajeros. Es poca cosa  En su desvencijado aeropuerto internacional nos esperaba Abdul con un cartel y nuestro nombre. Habíamos contratado, por una pequeña cantidad extra, un transfer con chófer que sabía algo de español y hablaba perfecto inglés. Nos recibió con una sonrisa, un Holá miggó y un Benvidos que, en resumen, era todo el conocimiento de la lengua de Cervantes del que disponía. Yo estaba nerviosa y preocupada porque los niños solo habían comido un bocata de tortilla de papas, el tupper de uvas y fresas, un batido de yogur con fresas, arándanos y plátanos y un plato de pasta a la boloñesa. Isopenderestaurant in de hotel? Le espeté, intentando barrer para casa, para la tuya, Abdul, que contestó que Mi Abdul, y dedujimos que ese era su nombre y que tampoco sabía inglés.

Guille, tan detallista, había reservado ‘un sitio raro de esos que te gustan’. Guille piensa que me gusta todo lo que empieza con eco. Menos mal que la palabra colonoscopia no tiene una e delante, que entonces él me regalaría una por mi cumpleaños.

Ecolodge in progress

El hotelito se anunciaba como ecolodge en plena naturaleza, aunque estaba a las afueras de un pueblo que a su vez estaba a las afueras de Ouarzazate, y cuyas habitaciones, pequeños bungalows redondos, recrean la forma de vida de los bereberes. Lo cumplían en que son redondos y llenos de bichos. He gastado el ungüento antimosquitos (15 euros) la primera noche. La piscina y el gigoló con anillo de zafiro a pie de tumbona extrayendo puntos negros de la espalda de una señora francesa quizás se alejan de los estándares bereberes. Todo lo demás, clavado. Muy ecolodge. Burros, gallinas, cabras, ovejas, cigüeñas, pavos y pavas reales, perros, pulgas y gatos estaban incluidos en el pack.

(Sí, yo también me he dado cuenta de que las fotos están acostadas, pero he calculado que requiere menos esfuerzo (para mí que giréis un poco vuestras cabezas antes que ponerlas de pie de una en una que, en serio, no sé cómo se hace).

En fin, reconozco que el lugar tenía encanto. Para empezar, las casitas bereberes sin papel higiénico y su original redondez y los animales domésticos deleitaron a niños y mayores. También el servicio de laundry room, que consistía en una pileta y unas cuerdas entre palmeras para que colgaras la ropa. Lavar ahí me relajó bastante.

Eso de golpear la ropa contra la piedra una y otra vez y luego colgarla, más sucia que antes de lavarla, tenía en mí un efecto terapéutico.

Salimos al páramo y cogimos un taxi al pueblo porque queríamos comer en un sitio llamado 3The.

Caminamos un poco y descubrimos que la plaza del pueblo era muy divertida para los niños porque había un montón de coches eléctricos, luminosos y ruidosos a 10 dh los 20 minutos. Cuando nos cansamos, decidimos volver al hotel. Pero ningún taxista sabía dónde estaba. Como de costumbre en estos casos, paramos a un viejo, el viejo paró a un viandante, el señor viandante a otro, el otro a dos más… así hasta 9 personas descifrando las palabras Palmeirae Hotel Ecolodge. El caso es que, cuando añadíamos lo de Ecolodge, los paisanos se miraban entre ellos y soltaban una risita corta con la boca cerrada. Se descojonaban de nosotros. Los trayectos en taxi son cortos y no tienen por qué costar más de 20 o 30 dh.

Al día siguiente nos acurrucamos en el suelo de atrás de un bus repleto y con unos plásticos transparentes a modo de puertas. Y lo disfrutamos más.

Vistas desde nuestro asiento en el suelo del bus
Ir a la barra de herramientas