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Fez. ¿Qué podemos decir de un sitio que, esencialmente, no nos gustó y que era acongojante? Acojonante no. A-CON-GO-JAN-TE.
Pues diremos, primero, que es una ciudad imperial dividida en tres zonas: Fès el-Jdid, la zona nueva, donde está la Mellah o barrio judío, Fez el-Bali, la zona antigua, dentro de las murallas, y la Ville Nouvelle (Villa Nueva), la zona francesa en el noroeste de la ciudad, con edificios modernos y centros comerciales.
Diremos que nosotros centramos nuestras energías en la medina de Fez el-Bali, la de las nueve mil calles, y a la sazón la mayor zona peatonal del mundo. Patrimonio de la Humanidad desde 1981 y todo lo que tú quieras, pero por la que mejor no pasear solo de día, y ni acompañado de noche. Acongojante.
 
Diremos, en tercer lugar, que nos quedamos en un riad que era un remanso de paz dentro de esa medina laberíntica donde cruzan sus vidas turistas cartera en mano, vendedores contando monedas, caballos al relinche, camellos esquineros, mendigos que te clavan la mirada, sombras de navajas… Y que, cada día, atravesar el serpenteante laberinto de calles para ir y volver a nuestro alojamiento nos los ponía de corbata.

Diremos también que vimos, con una hoja de yerbabuena metida en la nariz para soportar el olor, las viejas y apestosas curtidurías (que para dar suavidad a las pieles utilizan ¡excrementos de paloma!).

Diremos, además, que visitamos mezquitas orientadas a la Meca, mercados con cabezas sangrantes de camellos colgadas en hileras, bellísimas madrasas y uno de los doce palacios reales del país, de gigantescas puertas doradas, donde sospechamos que el monarca alauita Mohamed VI se lo monta de vez en cuando con algunas de las 80 concubinas de su harén secreto.

Y diremos, en fin, que el día más feliz que pasamos en Fez fue el día en que nos marchamos de allí.

 

Rumbo a Chefchaouen.