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Por los siglos de los siglos

Quítame el pavo que me troncho
En el camino de Bombay a Aurangabad estábamos tan emocionados con la posibilidad de aparecer en una película de Bollywood que el viaje se nos hizo cortísimo. Además, estaban los vendedores de comida, los de té y los de los llaveros de luces, las familias con ganas de saberlo todo de ti, los jóvenes que te invitan a su juerga viajera y los grupos desdentados: niños llorones y abuelos sonrientes… seis horas de tren en la India son seis horas de entretenimiento continuo y único. Se pasan volando.
Cuando llegamos nos animamos con siete horas más de viaje para irnos de cuevas.
Empezamos por Ajanta, que está en una montaña en medio de la nada a 160 kilómetros de Aurangabad. Y resplandece con el sol mañanero.
Mil años antes de Cristo, un grupo de habilidosos artistas indios transformó allí 30 cuevas en santuarios, bellísimas obras de arte, con poco más que un martillo, un cincel y su fe.
Como si la piedra hubiera sido plastilina en sus manos, tallaron Chaityas (capillas) para la oración y Viharas (monasterios) donde vivieron y enseñaron monjes budistas durante siglos.
Se presume que utilizaron espejos metálicos o láminas de tela blanca para reflejar la luz solar en lo más recóndito de las cuevas, que además de misteriosas son bastante oscuras, y poder hacer su trabajo.
Tallas y pinturas representan las reencarnaciones de Buda y episodios de su vida y de la época.
Ajanta estuvo en el olvido hasta que unos oficiales británicos la redescubrieron por casualidad en el siglo diecinueve y hoy son Patrimonio Mundial (otro más de la India, y van…).
Pasamos cinco horas, simplemente, saltando de una cueva a otra y, si nos hubieran sobrado 300 rupias, habríamos pedido que nos llevaran en palanquín como la señora de la foto.
Al día siguiente, los de la recepción del hotel nos despertaron a las cinco de la mañana (por despiste o porque nos tenían ojeriza,  todavía no lo hemos decidido) y como no llevamos reloj calculamos que eran las once y que estaba nublado. En vez de seguir durmiendo, corrimos hacia Ellora.
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Las cuevas de Ellora, 600 años más jóvenes que las de Ajanta, no son para mojigatos: imágenes picantonas salpican muchas de sus paredes, junto a enanos danzarines y batallitas tipo Ramayana.
La arquitectura de sus 34 templos representa tres religiones muy importantes en la India: hinduismo, budismo y jainismo. Y da buena cuenta del espíritu de tolerancia de la época.

Los artistas y escultores indios de estas cuevas nunca firmaron sus creaciones porque creían que sus nombres no tenían lugar al lado de lo divino, pero cada tesoro que se abre paso, cada mirada levantada con asombro o cada luz que se proyecta en la maravilla es un homenaje a su memoria, tallada en piedra por los siglos de los siglos.

La joya de esta corona es un edificio-escultura, un templo hindú diseñado como una réplica del monte Kailāsanātha, la morada de Shiva en el Himalaya.
Es la escultura más grande del mundo tallada en una sola piedra, dos veces más grande que el Partenón de Atenas, y contiene también el techo monolítico de piedra más grande del mundo. Para que fuera emergiendo el templo se excavó la roca de arriba hacia abajo, y se extrajeron 200.000 toneladas de piedra.

La sencilla grandeza y majestuosidad de Ellora, su belleza intemporal, el sentimiento de trascendencia de pisar ese lugar sagrado no es descriptible con palabras. 

 

Cuando terminamos la visita, un conductor avispado se percató de que estábamos boquiabiertos y, aprovechando el embelesamiento, se ofreció a llevarnos de vuelta a Aurangabad por 100 rupias (algo más de un euro). Aceptamos encantados. ¡Qué holgura!
Diez minutos después compartíamos vehículo con otras 16 (¡dieciséis!) personas.

4 Replies to “Por los siglos de los siglos”

  1. Impresionante todas esas esculturas. Sabía que la India era maravillosa, pero no tanto. De todas maneras no hace falta que vaya para allá, vosotros sois mis ojos y mis viajeros!!!!!!!. Así a la ligera pareceís del pais, igualito,igualito que los indios. SI OS VEO Y ME TOPARA POR ALLÍ CON VOSOTROS, NO ME DARIA CUENTA QUE SOY GUILLE Y COMPAÑIA. Un beso, para los dos. José Manuel.

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