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En Rabat el sol se pone rojo todas las tardes. Hacia el mar. Es el mismo sol que hoy, punto final de este viaje, ilumina las murallas de arena, las paredes azules y las piedras donde se secan nuestras lágrimas.

Atrás dejamos las mezquitas donde intentamos colarnos sin éxito, la azul e inmensa Kasbah des Oudaïa, los cementerios al borde de la playa, los falsos guías, el ultramoderno tranvía repleto de hiyabs, el hotel lujoso al que no terminábamos de acostumbrarnos, los bocadillos de queso que nos comimos en la estación del tren,  el paseo de los artistas, el arte, la belleza por todos los rincones, la ribera del Bu Regreg y su noria con la que no nos atrevimos, los jardines al lado del cine de películas para gafapastas, la caballería real, los soldados circunspectos a los que no conseguíamos arrancar una sonrisa, el camarero que se reía cuando le pedimos un botellín de Coca-Cola vacío, la vieja medina donde nos perdimos el uno del otro… y nos encontramos, Salé, los vendedores de maletas, los vendedores de pollos, los vendedores de lo que sea… y el Mausoleo de Mohamed V, junto a la Torre Hasán, donde descansan, más que en paz, entre los clicks de cientos de cámaras de fotos, el rey que le da nombre y sus hijos Hasán II y Mulay Abdellah. Más de 400 artistas marroquíes trabajaron diez años (entre 1961 y 1971) para dejarlo así de precioso:

 

Rabat, cadena infinita de recuerdos

 

Adiós, Rabat..