No nos gustan los zoos humanos, ni siquiera los de animales. Ahora, como somos unos desinformados y no siempre sabemos qué nos vamos a encontrar, a veces aparecemos en alguno, así que optamos por aprovechar la experiencia.
En Chiang Mai, ciudad de la que dicen que es el corazón cultural de Tailandia, nos dio por el mercado nocturno y por visitar a los karenni. Y esto es lo que aprendimos:
Los karenni, o kayan, son un grupo tribal de Myanmar que, tras el conflicto con la junta militar birmana por su independencia y las matanzas por parte de otros grupos étnicos, cruzaron la frontera hace treinta años para pedir asilo político en Tailandia.
En las montañas del sur de Myanmar está el territorio de los karenni, en la frontera con el norte de Tailandia.
Lejos de su hogar, esperaban una nueva vida, miseria y hasta rechazo por parte de sus vecinos tais, pero no imaginaban esto: allí sus mujeres eran una curiosidad exótica que comenzó a atraer a turistas de todo el mundo. La razón: las pesadas espirales de cobre que alargaban sus cuellos, por las que los birmanos las apodaban despectivamente cuello largo (padaung) y los occidentales, no menos irrespetuosos, mujeres jirafa (aunque la jirafa es un animal que las pilla bastante lejos).

Las autoridades tailandesas se percataron del filón y empezaron a recibirlas con los brazos abiertos. Mientras, las agencias las incluían en sus top-ofertas y se creaban unos cuantos poblados-circo en los que hasta las niñas llevan los perniciosos aros, el negocio tiene que continuar, y a los que se acoplaron, además, otras tribus de las montañas del norte para hacer bulto.
Algunos (ACNUR por ejemplo) desaconsejan la visita a estos lugares, donde las mujeres no tienen más opción alimenticia que prestarse a la mascarada, ya que Tailandia les niega el pasaporte para no perder tan lucrativa empresa. Otros defienden la actividad como parte del desarrollo económico de las regiones donde viven (antes lo era el cultivo de opio).
Ellas, a la fuerza ahorcan, han soportado durante muchos años las penurias que supone la ocupación de sus aldeas, han seguido a sus hombres hacia el exilio y ahora contribuyen a la causa posando para los turistas, que normalmente no tienen ni idea de la tragedia humana que hay detrás.
Las niñas comienzan a usar la espiral de anillos a los cinco años, que se les pone una noche de luna llena en un ritual secreto. La espiral, de cobre y últimamente también de latón, se va cambiando progresivamente por una mayor, pero realmente no alarga el cuello, sino que el peso del metal empuja la clavícula hacia abajo y comprime la caja torácica.
Al aprender algo sobre su historia, experimentamos una sensación sobre todo de piedad por la devastada historia de ese pueblo, y fascinación por su fuerza para resistir los gérmenes de la descomposición cultural a su alrededor. Están ahí, teje que teje, día tras día. Soportan más de veinte kilos de metal en su cuerpo, leen, cultivan, amamantan… en posturas imposibles y sonríen al bombardeo de fotos, para que otros cumplamos el sueño de vivir de cerca algo así como un documental de los últimos indígenas.
Mientras nos enseñaban los pesados metales que se enredan en cuellos y piernas, una pregunta flotaba en el aire: ¿por qué se los empezaron a poner? Los antropólogos tienen varias teorías: que los collares protegían a las mujeres de los tigres (quizás metafóricamente) o de que se convirtieran en esclavas, haciéndolas menos atractivas a otras tribus. Otra teoría: si las mujeres cometían adulterio les quitaban los aros y las desnucaban. Sin embargo, parece que, sobre todo, es que así se sienten más bellas, quizá porque se cree que los collares les dan aspecto de dragón, una figura importante en el folklore Kayan.
Por cierto, en la aldea también viven, en plan parque temático, algunas mujeres de otras etnias de las montañas, al parecer con el denominador común de haber mantenido durante décadas sus diferencias con el gobierno birmano, en defensa de su propio destino como pueblo.
Por ejemplo, esta mujer orejas largas de un subgrupo de la etnia Karen.
Sí, nosotros también pensamos que es muy raro que la llamen orejas largas, en fin… ¿somos los únicos que nos hemos dado cuenta de esos dientes?
Tiene la dentadura negra pero completa, así que llegamos a la conclusión de que debe ser bueno el mejunje que mastican. Indagamos y nos lo cuentan: está hecho a base del fruto de una palmera llamada areca y pasta de cal, que se envuelve en una hoja de una enredadera, betel. Es estimulante, protege los dientes y si lo pruebas ya siempre vas a querer más. Salimos pitando a buscarlo por los puestos callejeros, pero lo más parecido que encontramos fueron unas Oreo, que para el caso sirvieron igual. Adiós Colgate. Nos pasamos al mundo de la fascinante sonrisa tailandesa.

 

 

 

 

 

3 Replies to “Turismo étnico”

Comments are closed.

Ir a la barra de herramientas