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La vida y la muerte se mezclan en Varanasi como las bacterias fecales y el agua del Ganges a su paso por esta ciudad santa.

Ver las primeras luces del día desde un barco, sentir cómo el río, en una doble y mágica función, refleja y disipa la vida, es una experiencia que sólo podríamos olvidar a base de lobotomías…

Ghats al amanecer con gente practicando la «puja» (literalmente, “respeto”) al amanecer.

Leemos en la guía: el Ganges está tan contaminado en Varanasi que sus aguas son sépticas: no contienen oxigeno disuelto. Cada 100 ml de agua contienen 1,5 millones de bacterias coliformes fecales. En un agua segura para el baño esta cifra debería ser inferior a 500. Acto seguido, vemos que la gente se enjuaga la boca como si tal cosa. Y cientos de personas haciendo abluciones (baños rituales), lavando ropa, en posturas de yoga, ofreciendo sus oraciones al sol naciente…

La puesta de sol también es un momento especial a orillas del Ganges. Cada tarde, todos los días del año, se hacen unos rituales muy elaborados al borde del río. Fuimos a dos, por si se nos olvidaba algo, e hicimos las ofrendas de rigor, nos asombramos de la gente rara que pasaba por allí (ellos también nos miraban como si fuésemos marcianos), nos asqueamos de las ratas flotantes, dimos esquinazo a los buscavidas, tocamos las palmas al ritmo de los tambores, y nos quedamos hipnotizados, otra vez, por la magia de la música y el silencio, del agua y del fuego, de la vida y del misterio.