Vicente Ferrer OM(nipresente)


Dos trenes desde Hampi, nueve horas de traqueteo y un tuctuc después…
…llegamos a una de las mejores razones que uno puede tener para viajar a la India (aunque no esté en las guías), con permiso de las dosas masalas: la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur o, como la llaman aquí: Rural Development Trust.
Fue cruzar la puerta y… un momento… ¿dónde estaba la India que conocíamos? ¿y esa extraña limpieza, esa quietud y ese silencio? Y sobre todo… ¿cómo es que entendíamos lo que la gente hablaba?

Teníamos delante un sitio que parecía recién preparado para recibir un premio, el ambiente era pacífico, refrescante, pulcro, y los trabajadores, indios, hablaban en español.
En su boca hay sobre todo palabras de admiración y anécdotas sobre Vicente Ferrer. Nos las narraban en presente, como si estuviera vivo: “Vicente es una persona sencilla, que te trata de igual a igual”, “Los últimos años ríe sin razón aparente, pensamos que se le va la cabeza pero él simplemente ha decidido reír ante las cosas de la vida”… ¿Ríe? ¿Ha decidido?
Al principio nos parecía que, como eran indios, no sabían conjugar los verbos en pasado. Luego nos dimos cuenta de que la cosa no iba de conjugaciones sino de profundidad y fe. Vicente Ferrer está en el aire y en todos los rincones de su fundación, donde sigue viva su presencia, de alguna forma, para quienes lo conocieron.
Su tumba es una visita obligada, al mismo nivel que los hospitales, colegios y casas en los que él plantó la semilla de un futuro mejor para millones, no miles, sino millones de personas, la mayoría dalits o intocables.
Una llama vela permanentemente su sueño eterno y muchos lugareños rompen un coco en el mármol cubierto de flores frescas y se lo ofrecen al Father, como lo llaman, en señal de respeto y para tener buena suerte, y entonan mantras que empiezan por Om. Como si fuera un dios.
La sepultura está en un sitio llamado Bathalapally, rodeada de frases e ideas inspiradoras suyas grabadas en piedra (en el idioma local, telegu, inglés y castellano, y algunas en catalán).
Nos cuentan que Vicente Ferrer un día paseaba por allí y vio una puesta de sol tan bonita que dijo a su mujer que ese era el lugar donde quería ser enterrado. Cuando murió, hace cinco años, cien mil personas fueron a despedirlo.
Quien se acerque lo suficiente podrá escuchar el tintineo de campanillas colgadas de los árboles de neem que crecen entre piedras traídas de todos los pueblos donde él hizo su trabajo.


El catalán era el tipo de persona hecha de una pasta especial. De los que cambian destinos y reescriben historias. Si le hubiera dado por hacer el mal, habríamos tenido otro Hitler. Si se hubiera puesto a hacer batas, habría fundado un Inditex.  Pero él se encabezonó en un mundo mejor. Y fue Vicente Ferrer.
Empezó su aventura india en 1952 como jesuita misionero en Bombay, ahora Mumbai. En 1958, él y un grupo de seguidores crearon la «Asociación de Desarrollo Rural» en Manmad (norte de Bombay). Por alguna razón, fue expulsado del país por las autoridades, que vieron su trabajo como una amenaza a sus intereses. Lo devolvieron a España, pero como tenía en el corazón la India, la India acabó reclamándolo y allí lo dejaron volver, con la condición de que fuese a cualquier parte menos a Bombay.
Era fácil. India es un país tan grande que hay mucho donde elegir. Eligió Anantapur, un pueblo del depauperado estado de Andra Pradesh, donde retomó su tarea filantrópica. “Menos mal”, apunta en perfecto español nuestro anfitrión indio Sasi, criado con los Ferrer en el complejo donde nos quedamos (y donde se alojan cooperantes, trabajadores y voluntarios de la Fundación), que ellos llaman pueblo. Y lo es.
Sasi, además de anfitrión, interminable y prolífica fuente de información en telegu, español o catalán.
Anne y Vicente Ferrer.
Ferrer abandonó la Compañía de Jesús en 1970, pero continuó su labor humanitaria junto a la periodista británica Anne Perry, con quien se casó y tuvo tres hijos. Uno de ellos, Moncho, ha seguido la estela solidaria familiar.
Aunque nadie lo diría por sus rasgos, Moncho es indio hasta el tuétano. Se casó con una mujer de una casta inferior y con ella y su descendencia (dos niñas) vive en una casita en la que nos recibió y nos contó, amable, paciente y mecánicamente, a lo mejor cansado de tener que decir siempre lo mismo, que lo de ser hijo de su padre no es un peso sino un honor.
«Moncho, te voy a dar la receta de las papas con mojo».
Desde luego, tiene que ser un honor, aunque difícil, cargar el sacrosanto legado de Vicente Ferrer, porque la que han liado allí el cooperante español y su mujer es tan gorda que no parece obra de una sola persona. Ni de una sola vida.
Con cabezonería, esfuerzo, inteligencia, valor y bondad natural Vicente Ferrer cambió la fisonomía de un territorio inmenso en extensión y pobreza, la mentalidad de sus gentes y su futuro.
No sabríamos por dónde empezar a contar, pero si han puesto en sus proyectos la cuarta parte del mimo con que nos trataron (tortilla española incluida), seguramente habrán hecho felices a muchas personas.
Visitamos el hospital de Bathalapalli, sencillo, limpio y luminoso. Aquello está mejor organizado que Sanitas. La asistencia es gratuita para todo el mundo y los medicamentos además lo son para los niños apadrinados (a sus familias les hacen un importante descuento). Los historiales médicos van por colores, e incluyen sexo, edad y casta.
Banco de sangre del hospital de Bathalapalli, construido gracias a la donación de unos tinerfeños (lo pone en la placa).
Cada año seleccionan con lupa a sus voluntarios, pero el personal sanitario contratado es exclusivamente local.

Los pacientes esperan su turno entre perros y monos. Estamos en India.

Una madre descansa en la sala de lactancia.
Igual que en los cines y en las puertas de embarque de los aeropuertos indios, aquí mujeres y hombres son obligados a ir cada uno por su lado (por ejemplo, para pedir cita médica). Con tanto afán de separación, no sabemos cómo han podido procrear hasta superar los 1.200 millones de habitantes.
Como resumen, íbamos para un día y nos quedamos tres. Para visitar la Fundación hay que hacer una solicitud previa en su web. Allí también te dicen cómo apadrinar, amadrinar o apoyar su importante labor de cualquier manera que a te ocurra.

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